El Moisés – Miguel Ángel Buonarroti

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Nos encontramos con otras de las espléndidas creaciones del virtuoso hijo de los dioses del arte, Miguel Ángel Buonarroti, quién ya era bastante conocido con menos de treinta años de edad a causa de su por siempre conocida “El David” (1504). Su “Moisés” igualmente esculpida de mármol blanco de Carrara, es un colosal de 25 toneladas y el doble del tamaño natural.

Sin embargo, como cada una de sus obras, está teñida de un misterioso realismo que llega a impactar a cada uno de sus espectadores y toca mi corazón como otra virtuosa pieza “no creada por manos humanas”. El mismo autor al finalizarla, en medio de la ilusión que habían creado sus manos, golpeó la rótula de la escultura interrogándole “¿Por qué no me hablas?”. Cuentan los dichosos quienes han estado en su presencia que la marca del cincel que golpeó su rodilla aún puede verse. Asimismo narran como la iglesia antiquísima que sirve de hogar para esta pieza (Iglesia de San Pedro Encadenado) y para las cadenas de San Pedro, tiene un misterio valioso poco difuminado. Cerca del Coliseo y escondida entre tortuosas calles, el templo protege para la posteridad una sublime escultura muestra del talento nato de su autor.

Miguel Ángel, siempre enamorado de la anatomía, busca su belleza inagotable y se empeña en plasmarla a través de un modelado perfecto de la figura en el que la luz resbala por el mármol blanco pulido casi con magia. El Profeta está representado en un instante terrible: Su rostro voltea para fulminar con la mirada a los israelitas idólatras y se dispone a levantarse, lleno de furia e ira, embargado de “terribilitá”, dolor y desprecio. La sangre fluye de manera contenida, parece que está a punto de estallar y empezar a gritar, frunce su ceño y su psique está captada en sus gestos y mirada. Una que como diría J. Benítez refiriéndose a Jesucristo, “concentraba la fuerza del cosmos. Más que observar, traspasa”. Sabemos su pensamiento y podemos sentirlo.

El líder de Israel se encuentra sentado con su mano derecha protegiendo las Tablas de la Ley y al mismo tiempo, rozando con suavidad su barba, insinuando aires de paz antes de la tormenta. Por otro lado, su mano izquierda, más baja, descansa sobre su vientre. El torso orientado a la derecha y su rostro hacia el lado opuesto, permiten al artista sugerir movimiento en potencia: los músculos están en tensión, pero no hay movimiento en acto. La relevancia de los detalles del cuerpo y los pliegues de su ropa, provocan cierta rigidez. Caen aportando luces y sombras en un juego danzante que da volumen.

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Los detalles son los responsables de ése sentimiento profundo de una vida encerrada bajo el mármol. La protuberancia de los músculos en sus grandes brazos y piernas, hinchazón de las venas, la individualidad de los rizos de su barba, sus ojos penetrantes, su ceño y todo de ella.

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“Si este titán se levantara, el mundo se rompería en pedazos” verdaderamente lo transmite la obra. Miguel Ángel es capaz de plasmar la cólera sagrada de Moisés en su punto más álgido, de transmitir al profeta siendo capaz de contener y sostener una energía prohibida que aún se le resbala por la mirada. La composición representa los cuatro elementos neoplatónicos fundamentales: en primer lugar, la tierra, representada por la pierna con los pliegues de la ropa a modo de cueva. El aire cuando respira, que se percibe en las aletas de su nariz al expandirse. El agua, representada en sus barbas a modo de cascada y por último, el fuego, que tizna y purifica todo, representados con su curiosos “cuernos”.

El autor, trata a través de los detalles nImagenarrar la historia en el Éxodo. El primer  de ellos inicia tres momentos especiales de la historiad del profeta y de la salvación. La expresión de furia de su mirada al observar a su pueblo adorar a dioses paganos, corresponde a la primera vez que Moisés bajó del Monte Sinaí con las primeras tablas escritas por Dios. Sin embargo, las piedras libres de escritura, nos llevan al momento justo antes de subir por segunda vez al Monte Sinaí. Y por último, una vez más, la presencia de “cuernos”, corresponde a la llegada por segunda vez del profeta.

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Característica que vuelven única y curiosa a la pieza, son dichos cuernos, que atormentan algunas mentes y a otras llenan de imaginación. Cuentan que para el tiempo de su realización el autor sabía de la confusión o error de traducción de las sagradas escrituras en la palabra “krn” que puede leerse “keren” que significa  luminosidad o “karan” traducido como cuerno. Puesto que en hebreo las vocales no se escriben, San Jerónimo  realizó una mala interpretación donde la frase original “un rostro del que emanaban rayos de luz” permaneció por mucho tiempo  como “su rostro era cornudo”. No obstante Miguel Ángel prefirió mantener la iconografía anterior. Existe, sin embargo, otra explicación que para Los Divulgadores (secta que dice tener una mirada distinta a la realidad) es mucho más convincente “Los cuernos esconden un mensaje oculto sobre la evolución del hombre y su verdadero potencial espiritual”.

 Es una obra magistral diseñada específicamente para ser vista desde abajo, y equilibrada por otras siete enormes formas de temática similar que pertenecen a un conjunto especial: La tumba del Papa Julio II en la Basílica de San Pedro (originalmente). Se describe por diversos historiadores que Miguel Ángel quiso representar en el rostro de su obra la personalidad misma de Julio II, a quien admiraba a pesar de diversos enfrentamientos: un guerrero con gran carácter y determinación. El Papa, sirvió como guía en la vida del autor por su firmeza, voluntad, severidad, paternalismo y dominación. Por otro lado, la elección de dicho profeta, puede ser explicada a través de la admiración del mismo Papa quien le veía como ejemplo inflexible y hábil conductor, primer líder, y capaz de manejar a un pueblo sin patria por muchos años sin otra ley que la suya a través  de la fe que supo transmitir a su gente. Para Él, Moisés constituía una gran muestra de fortaleza en tiempos difíciles, como sucedía en su tiempo histórico donde debía componer el Estado Pontificio, combatiendo muchos enemigos y teniendo, además, graves problemas internos para resolver.

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Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, en un intento por analizar y desenmarañar los secretos ocultos en la mente del profeta cuenta:

 “..Ninguna estatua ha tenido jamás una impresión más fuerte en mí que esta. Cuantas veces he subido los empinados escalones de la desagradable calle del Corso Cavour hacia la solitaria plaza dónde se encuentra la abandonada iglesia y he tratado de soportar el enfurecido desprecio de la mirada del héroe…como si yo mismo perteneciese a la turba que está observando.” (1914)

 Moisés, la pieza final, comparada con el proyecto original, difícilmente puede tener el impacto deseado por el artista, ya que se vio obligado por reducción del presupuesto en minimizar el número de gastos.  Todas las estatuas (con excepción del Moisés) que hoy se admiran en el monumento, fueron esculpidas por Rafael de Montelupo, que también terminó el mausoleo respetando los últimos planos diseñados por Miguel Ángel.

Espero les haya gustado, siempre suya,

Lynx Orionis.

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